El Blog de Happy Change

Un espacio compartido para crecer, mejorar, superarnos y mirar la vida con optimismo. Desde aquí queremos acompañarte en esas situaciones cotidianas que nos invitan a reflexionar y a plantearnos si hay formas diferentes de afrontarlas.

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La preocupación excesiva

2020-02-26 00:00:00
Happy Change

La preocupación excesiva


¿Y si…?

La catástrofe que tanto te preocupa suele ser menos horrible en la realidad de lo que era en tu imaginación. Wayne W. Dyer

Algunos vivimos en un constante ¿Y si…?: “¿Y si no me dan ese trabajo? ¿Y si hago el ridículo? ¿Y si suspendo? ¿Y si los análisis que me han mandado dan algo serio?”Como si a diario nos entrenáramos para “ponernos en lo peor”, como si camináramos por la vida con unas enormes gafas oscuras que hacen que lo veamos todo negro. Nos preocupamos con demasiada frecuencia y de manera excesiva, lo que nos genera malestar emocional. Aun así, no podemos evitarlo, e incluso sentimos que ese grado de preocupación en cierto modo nos protege. Aunque pueda parecer un poco raro, es totalmente lógico: al estar convencidos/as de que ocurrirá lo peor, cuando no sucede creemos que el preocuparnos tanto ha sido nuestra particular “pata de conejo”, y le damos un falso poder de “talismán”.

Además, creemos que la tendencia a preocuparnos es un signo de responsabilidad y de que nos “tomamos la vida en serio”.

Si te fijas, es peyorativo decir de alguien que es una persona despreocupada o que no se preocupa por nada. Damos por cierta la ecuación preocupación= responsabilidad.

¿Qué es la preocupación? Si te fijas, la preocupación tiene un componente de anticipación, “pre-ocupación”: el estado interno anterior a ocuparme eficazmente de algo. Mira al futuro en vez de enfocarse en la acción aquí y ahora: el peligro aún no ha llegado, así que no emprendo acciones concretas, sino que me preparo para responder cuando llegue ¡Si es que llega, que esa es la cuestión!Si es excesiva, en vez de activarme puede conducirme al bloqueo, a ingeniármelas para evitar lo que anticipo o incluso a escapar entes de que llegue. De ese modo evito hacerle frente y tendré cada vez más miedo, lo que reforzará mi tendencia a preocuparme como una pescadilla que se muerde la cola difícil de parar.

Entonces ¿preocuparnos es algo que deberíamos evitar? No siempre, depende de si el grado de preocupación es proporcional al problema y, sobre todo, si se refiere a una amenaza real o imaginaria:

Ø  Podemos preocuparnos por algo concreto que tenemos que abordar o atender como una entrevista de trabajo, un examen o si nos van a presentar a alguien importante para el futuro. En esos casos lo saludable es ponernos manos a la obra y, además de preocuparnos mentalmente, ocuparnos prácticamente: preparamos el curriculum, programamos nuestras horas de estudio en ese tema, o cuidamos nuestro aspecto físico para causar una buena primera impresión.

 

Ø  Otra cosa diferente sería que nos focalizáramos imaginando el peor escenario posible para eso que se nos viene encima. En estos casos, solemos echar más leña al fuego recordando lo mal que lo hicimos la última vez en una situación similar o centrándonos en cuestiones que no dependen de nosotros: “¿Y si buscan otro perfil? ¿Y si es un examen demasiado largo para el tiempo que me dan? ¿Y si le parezco horrible?”

En el primer caso, estamos ante una preocupación normal, cuya finalidad es resolver una situación que puede ser problemática si metemos la pata, aunque con una inquietud que en mayor o menor medida nos quita la calma, depende de cómo seamos y cómo la manejemos. En el segundo caso, estamos ante una preocupación poco saludable y desde luego poco práctica: estamos imaginando un problema que aún no se ha presentado y añadiéndole además las peores consecuencias posibles enun bucle anticipatorio y dañino que no nos ayuda en absoluto. No solo añade una ansiedad innecesaria a nuestra vida, sino que, en el hipotético caso de que nuestras funestas previsiones se cumplieran, nos resta posibilidades de acción y nos bloquea para salir airosos/as del asunto en cuestión.

A la manera de preocuparnos exagerada la llamamos preocupación excesiva o patológica y depende de factores diferentes en cada persona, que tendremos que reconocer para desactivarla.

Entonces ¿por qué seguimos dándole cuerda a nuestra tendencia a preocuparnos de manera excesiva? Habría muchas razones que tienen que ver con lo que llamamos “ganancias secundarias”: aunque a primera vista el exceso de preocupación nos genera malestar, también obtenemos de ella unos beneficios, más o menos ocultos que, hasta que no saquemos a la luz, seguirán provocando que sigamos preocupándonos en exceso:

Ø  La preocupación excesiva por algo nos distrae de otras cuestiones en las que no queremos pensar porque no nos sentimos capaces de afrontarlas en este momento.

Ø  Hemos asociado la preocupación con el autoperfeccionamiento y nos hace sentir más responsables y sensatos.

Ø  Creemos que preocupándonos acabaremos por encontrar una manera mejor de hacer las cosas y estaremos más satisfechos con nuestra vida.

Ø  Sentimos una falsa sensación de control sobre lo que nos rodea, pues creemos que preocupándonos evitamos disgustos y sucesos negativos.

Ø  Creemos que, si al final “ocurre lo peor”, estaremos en mejores condiciones de afrontarlo porque lo hemos imaginado mil veces y nos pilla avisados.

Pero en realidad, la preocupación excesiva nos desorienta, está desconectada de cualquier amenaza real y solo contribuye a generar en nosotros un estado ansioso que nos resta posibilidades de elaborar respuestas adecuadas y eficaces. Está muy estudiada y se la considera uno delos procesos internos que más contribuyen a generar trastornos de ansiedad. Sin necesidad de llegar a eso cuando nos preocupamos en exceso vivimos en un constante sin-vivir, siempre poniéndonos en lo peor y sufriendo de más sin ninguna necesidad ¿o no? Entonces ¿qué puedo hacer si tengo la tendencia de preocuparme por todo, de vivir en ese constante “y si…” del que hablábamos?

Ø  Cuando una situación te genere ese exceso de preocupación, céntrate sobre todo en las posibles soluciones que dependen de ti, las que están en tu mano, en vez de agobiarte por lo que depende de otros y no puedes controlar.

Ø  Date cuenta de cómo tu cabeza “se pone en lo peor” sistemáticamente, y piensa que la ficción suele superar la realidad: somos especialistas imaginando catástrofes que nunca sucederán.

Ø  En vez de centrarte en las anticipaciones, céntrate en lo que puedes hacer aquí y ahora respecto al asunto. Y si no puedes hacer nada, intenta no perder la calma.

Ø  Amplía el abanico de posibilidades de lo que puede suceder, no te conformes solo con la peor opción y la que más temes ¡El universo no se rige siempre por la ley de Murphy, no lo olvides!

Ø  Intenta definir ese problema que tanto te agobia de la manera más objetiva posible y piensa en diferentes estrategias para plantarle cara si llega el momento.

Recuerda que la preocupación excesiva es como una mecedora: te tiene ocupado/a y entretenido/a, pero no te lleva a ningún lado aunque te agotes meciéndote en ella.

 

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